jueves, 10 de septiembre de 2015
Un fin de semana como cualquiera...
Me hace muy feliz que hayas venido, le dije mientras la abrazaba después de
bajarse del taxi. Desde ese momento y hasta hoy, sigo siendo feliz por tan grata experiencia.Bastaron poco más de 60 horas para tener vivencias que espero dejar plasmadas;en
letras;con la finalidad de volver al recuerdo cuando comience a volverse difuso. Como decía, todo inició con un abrazo.
Tenía una reservación para ir a cenar en un restaurante giratorio de la ciudad; con meses de antelación, había comprado unos cupones que incluían una cena a cuatro tiempos más una copa de vino; a un precio que era un buen trato por tratarse del “finísimo” restaurante. Llegamos al lugar entusiasmadas por la noche que pasaríamos. Subimos 42 pisos en un elevador lleno de luces y espejos que comunicaba con otro que nos elevaría tres pisos más; estábamos en el piso 45, la vista sería estupenda, habríamos jurado en ese instante. Entregamos el cupón a la persona en recepción del restaurante y su respuesta fue en resumen: “no leyeron las letras chiquitas”. Teníamos que abandonar el lugar porque el cupón era válido únicamente durante el día. Sinceramente yo solo iba por la vista, así que pedí permiso para entrar a ver el restaurante y cuál fue mi sorpresa que estaba tan alumbrado, que sus luces se reflejaban en sus cristales, lo que impedía totalmente apreciar la ciudad de noche. Mi corazón se alegró un poquito.
Cambiamos la reservación para el día siguiente y muy conformes nos dispusimos a buscar otro lugar para cenar. Llegamos a un restaurante Argentino ubicado en una colonia muy famosa en la ciudad "la Condesa", en donde nos atendió un mesero llamado Carlos que nos dio un trato tan digno, que logró una mención honorifica en este relato, además, nos enseñó un postre sin culpas, como él lo llamó, que eran unas fresas perfectas para sumergirlas en una especie de aderezo que al combinarlas con un sorbo de vino tinto, generaban tal sensación el en paladar que quedaba claro que Dios existe. Pasó la noche mientras cenábamos y nos actualizábamos sobre la vida que transcurrió mientras no teníamos la oportunidad de mirarnos a los ojos. Eran pocas horas la que duraría la visita de Lucía, así que tendríamos que aprovecharlas, por lo que pedimos la cuenta y nos fuimos a conocer otra zona de la ciudad, "la zona rosa". Un lugar con gran ambiente, con calles llenas de gente dispuesta a divertirse con un tipo de diversión muy sui generis, así que decidimos caminar un poco a través de ella, entre lugares abarrotados, personas disfrazadas y pleitos, decidimos poner fin al recorrido e ir en busca del monumento de la ciudad de México. Es bien sabido que subir al Ángel de la Independencia es toda una odisea, misma por la que tienen que pasar cada uno de los turistas de esta ciudad. Y con mi turista, no fue la excepción, así que a falta de semáforos peatonales;nos tocó pasar como correría cualquier cristiano en plena pamplonada, esquivando vehículos que viajaban a toda prisa y sin percatarse de las circunstancias del peatón. Ya estando sanas y salvas y después de unas cuantas fotografías, nos sentamos a ver los carros pasar y a reflexionar sobre la vida y el tiempo que tenemos de conocernos, que ha sido poco, pero sustancioso. Es reconfortante tener amigas, pensaba mientras sentía su compañía. El frío comenzó a hacer de las suyas y tuvimos que abandonar el escenario de la misma manera en que nos subimos a él.
El sábado comenzó muy temprano, teníamos un apretado itinerario, así que poco después de la salida del sol, ya estábamos subiéndonos al metro que nos llevaría al centro histórico de la Ciudad de México. La primera parada fue el desayuno en el café de Tacuba, es un restaurante digno de nombrarse, quisiera que todos lo conocieran y disfrutaran de sus
paredes, la vestimenta de las meseras, los candelabros, los cuadros, los espejos, las paredes y sus azulejos, la música de una estudiantina ambulante y todo el ambiente que te
lleva al siglo XVII en un abrir y cerrar de ojos. A unos pasos se encuentra un edificio con una fachada que parece bordada a mano, es tan hermoso, que es visita obligada para mandar una postal a las personas que más quieras… o que recuerdes su dirección, mejor dicho. Ahí dentro se encuentra uno de los primeros elevadores de la ciudad, mismo que mandó a hacer el ex Presidente Porfirio Díaz para subir a las oficinas administrativas. Los tonos dorados del interior, la herrería y sus distinguidos acabados dan la sensación de haber hecho lo correcto: entrar a conocer el palacio de correos.
El andador Madero fue el atajo que nos condujo hasta la plaza de la Constitución mejor conocida como el zócalo, que por milagro divino estaba vacío, la plancha mostraba por completo su concreto al sol. Auguro que es de buena suerte para quien lo ve así por primera ocasión. La catedral, construida por el bárbaro ese de Hernán Cortés, con su gran órgano al centro que se compone de 3600 flautas y aproximadamente 6,000 variaciones sonoras,ese fabricante de música que muero por escuchar, y que segura estoy que un día
me tocará hacerlo. El palacio de gobierno que en un inicio era del gobernador de los mexicas: Moctezuma y que fue arrebatado por Hernán Cortés para edificar sobre él su propio castillo, historia que no dista mucho de la realidad del siglo XXI, por cierto. Regresando por el andador Madero, encontramos la torre latinoamericana, misma que subimos hasta el piso 44 para apreciar la ciudad desde las alturas y en donde me entero que fue el corral en donde guardaba sus animales Moctezuma y ya saben el resto de la historia. Al bajar,
en la esquina del eje central Lázaro Cárdenas encontramos una manifestación, mis respetos a esos hombres y mujeres que danzaban semidesnudos portando un sombrero de palma al ritmo de música de folclor mexicano para exigir sus derechos, bien ahí, pueblo, gracias por hacer lo que muchos no nos atrevemos, gracias de verdad. Caminamos hacia el palacio de bellas artes, ¿qué les puedo yo decir de ese edificio que se convierte en poesía al llegar a los ojos de cualquiera? Esa escultura que desde su nombre indica lo que es: una bella arte. A leguas se nota que es mi favorito, ¿no? Por dentro alberga las pinturas de varios muralistas como Diego Rivera, Alfaro Siqueiros, González Camarena, José Clemente Orozco y Rufino Tamayo, según recuerdo. Cuenta con un auditorio con una acústica y visibilidad increíbles. Ese lugar se volvió inmediatamente parte de nuestro ser. Cruzando la avenida hay una tienda departamental que tiene un café con una terraza en el noveno piso, lugar que permite apreciar esta obra de
arte en todo su esplendor justo de frente. Insisto, una maravilla.
Como lo mencioné anteriormente, nos vimos amablemente forzadas a cambiar la reservación en el restaurante giratorio para el sábado a las dos de la tarde, así que salimos corriendo de la terraza de la tienda departamental para correr al World Trade Center hasta llegar a piso 45 en donde nos recibieron con una mesa bien puesta que incluía dos copas y un menú de cuatro tiempos. Edgar, el mesero, respondió que el restaurante tardaba en dar la vuelta completa al D.F. una hora con cuarenta y cinco minutos, después de que se lo pregunté. Y ese fue el tiempo exacto que pasamos ahí. Iniciamos el recorrido cuando a nuestra vista se encontraba el estadio Azteca y en ese punto es donde terminamos. Después de ahí, fue momento de ir a recoger una sorpresa que desde un fin de semana antes había encargado para Lucía en el tianguis del parque López Velarde ubicado en la colonia Roma
para después ir a tomar una siesta y recargar baterías porque en la noche, iríamos a Coyoacán. Oh, Coyoacán y sus leyendas, entre Frida Kahlo, Diego Rivera, León Trotsky y María Angula, nos atrapó. Un lugar construido a base de historias de grandes personajes que lucharon por sus ideales con tal firmeza que ni el concreto igualaría. Caminamos por el centro en donde vimos el kiosco ubicado en el jardín Hidalgo al que le robaron el águila de la punta que el ex Presidente Porfirio Díaz le había mandado a hacer de oro y que ahora es de bronce. Cruzando la calle, se encuentra el jardín del centenario en donde está la fuente de los coyotes, que fue construida para hacer alusión
al barrio de Coyoacán que significa “lugar de los coyotes” derivado del náhuatl coyotl. Las calles que rodean los jardines, están pobladas de establecimientos comerciales con decoraciones rusticas y llenas de luces tenues que los hacen ver románticos y atractivos para los transeúntes. Tomamos un recorrido llamado “leyendas de Coyoacán”, en el que nos van contando tanto elementos históricos como leyendas que dejaban helados a los receptores. Cenamos en un lindo restaurante, es época de granadas, y con las granadas llegan los chiles en nogada, una receta que fue creada por las monjas Agustinas del convento de Santa Mónica en Puebla, como festejo a Agustín de Iturbide que regresaba de firmar el acuerdo
de independencia de México. Ahora entiendo por qué esos chiles saben a gloria. Coyoacán llegó a su fin para dar lugar a un nuevo día.
Amaneció el domingo y con él la sed de aventura y la experiencia de vivir y saber más de nuestros ancestros. El camino a Teotihuacán fue sencillo, libre de tránsito vehicular y con las señalizaciones correctas para ir manejando en carretera sin contratiempo alguno. En un poco menos de una hora, estábamos formadas con una familia de brasileños que contrataron un guía para que les enseñara las pirámides y les contara la historia detrás de ellas, el guía se hacía llamar “spiderman”, se lo juro, no es broma. El recorrido inició y nos mostró el eco y la excelente acústica que existe entre las pirámides, conocimos cómo obtenían los pigmentos para pintar las pirámides en donde el rojo salía de un hongo que le sale al nopal, que al desprenderlo y frotarlo en cualquier superficie se convierte en un inigualable carmín. Caminamos por la calzada de los muertos que fue llamada así porque los mexicas que descubrieron esa ciudad enterrada en la maleza, pensaron que las construcciones que le hacen valla a la calle, eran tumbas. Lo misterioso de las pirámides de Teotihuacán es que no se sabe qué cultura es la que las habitabas, solo se pueden observar vestigios de
que eran elegantes y glamorosos en sus construcciones, porque como ya lo dije,
utilizaban pigmentos brillantes, así como piedras preciosas para adornar sus pirámides.
Dentro del conjunto está la pirámide del sol con sus 245 escalones y se piensa
que originalmente tuvo 365 y por algún motivo está incompleta, lo cual,
personalmente se lo atribuyo a que durante el gobierno de Porfirio Díaz,
utilizaron dinamita para explotar la tierra que cubría las pirámides, esta pirámide
estaba en restauración porque a nuestro actual señor Presidente Enrique Peña
Nieto, le pareció estupenda idea hacer excavaciones para meter luces, lo cual,
hizo que la pirámide se desnivelara. Total, fue fantástico saber que hay
construcciones que todavía tienen niveles hacia abajo por descubrir. Voy a esos
lugares y me da por pensar que todos los seres humanos nacemos con esa
divinidad, con la capacidad de crear cosas sorprendentes utilizando únicamente
nuestras manos, el cerebro y la mente universal que nos da el criterio para
hacer las cosas como si las estuviera haciendo Dios mismo, si no, ¿cómo se
explican que Teotihuacán, Chichen Itza y las pirámides de Egipto están
perfectamente alineadas astronómicamente? Ellos no tenían satélites, ni
telescopios que les dieran alguna pauta, tenían una mente divina, un espíritu incansable
igual al nuestro, pero sin los estereotipos sociales actuales. Allá arriba de
la pirámide del sol, está la gente al centro con la cara al sol y los brazos
alzados al cielo, cargándose de energía, es un ambiente tan natural, tan
mágico, ojalá todos se dieran la oportunidad de estar ahí. Bajamos y buscamos
un sendero que nos llevaría hasta el estacionamiento, este sendero estaba lleno
de nopales, que portaban su exquisita y jugosa fruta “la tuna” lista para ser
desprendida y comida por los transeúntes. Y bueno, ¿quién era yo para
resistirme a esos encantos si ni siquiera había desayunado? Ya me había llenado
de ahuates alguna vez que comí tunas, no pasa nada, pensé; así que decidí hacer
algo que jamás había hecho en mi vida: comer una tuna fresca y recién cosechada
con mis propias manos, sin guantes, sin bolsa, sin protección alguna, tomé la
tuna y con mi uña le hice una rayita en medio (siempre lo había hecho así), abrí
la cascara y me llevé la tuna a la boca, mordí la mitad y se me fue al suelo la
otra mitad porque la solté de inmediato; en dos segundos tenía las manos, los
labios, la lengua y las encías ¡¡¡llenas de espinas!!!, no puedo evitar soltar
la carcajada cada que recuerdo este escenario, han pasado cuatro días desde
entonces y yo todavía tengo ahuates en la encía, lo bueno de todo es que el
cuerpo es sabio y ya los hizo parte de mí sin tener molestia alguna. Seguimos
el camino mientras mi simpática acompañante se burlaba de mi cara al descubrir
las tunas y todo lo que trajo ese descubrimiento, hasta que llegamos al auto
para regresar a la ciudad de México.
La villa nos quedaba en el camino de regreso, así que decimos llegar a visitar a la Virgen de Guadalupe
que está ahí, para escuchar y socorrer a todo aquel que se acerque a ella, como
todas las madres con sus hijos. El lugar estaba lleno de fieles, personas que recorrían
los pasillos hincados y orando hasta llegar al altar. Había misa, así que el
templo estaba lleno por completo. Ir a ver a la virgen siempre ha sido algo maravilloso,
me impacta saber todo lo que se habla de esa imagen, como que late un corazón en
su abdomen, o que se puede hacer una melodía con las estrellas de su manto, o
que no hay pigmento alguno que iguale la calidad de la imagen del cuero en
donde está plasmada. En fin, tantas cosas que solo lo divino lo puede explicar.
El fin de semana terminó yendo a comer a una cervecería del barrio de Polanco y visitando plaza carso,
plaza antara y el museo Soumaya que Carlos Slim mandó a hacer para poner unos
cuadritos y unas esculturas que no cabían en su casa.
De este fin de semana aprendí
tanto, gracias a la mujer que me acompañó, así como a los lugares que
visitamos. Lo resumiría como un fin de semana como cualquiera… hubiera sido
feliz de vivir. Gracias por venir, Lucía.
Gracias vida por toda oportunidad pasada, presente y futura que me das para recorrerte con los ojos y el alma bien abiertos para observar tu majestuosidad.
Cristina Corona
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