miércoles, 24 de noviembre de 2021

Sobre la lactancia materna: si yo puedo, tú tambien puedes.

Antes de la semana 30 de gestación de mi bebé, vi un sin fin de videos, seguí todas las páginas posibles de Facebook, Twitter, Instagram, tiktok, tomé muchísimas sesiones que hablaban de lactancia materna exclusiva y los beneficios que traería al bebé, me hice a la idea de pasar horas y horas con mi bebé pegada a mí TODO el tiempo, me ilusioné, juré que mi bebé jamás tomaría una sola gota de fórmula, me imaginé lactando feliz con mi niño como la cosa más sencilla del planeta, porque el cuerpo sabe hacer su trabajo y la naturaleza es sabia.

Mi hijo nació con 30 semanas de gestación, 10 semanas antes de lo esperado, demasiado joven para saber succionar y para ser abrazado por mamá al momento de nacer, ahí comenzó el camino más sinuoso por el que he atravesado en el tiempo que llevo de vida. 

Primero, el día que nació mi bebé, llamé a una asesora de lactancia quien fue al hospital al día siguiente a enseñarme como extraer el calostro de mi pecho de forma manual. Esa noche, mi esposo y yo pasamos horas capturando gota a gota el oro líquido que salía de mí; yo apretaba el seno y dicho movimiento ocasionaba la salida de una gota, misma que mi esposo succionaba con la jeringa, la primera fue de .70 ml que llevamos de inmediato a la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) y que su enfermera, llamada Nora, le dio de inmediato, metiéndola entre sus encías y sus cachetes (vaya que lo disfrutó, vi cómo se lo saboreaba). Al tener esa imagen en mi mente, mi empeño cobró fuerza, mi esposo y yo pasamos horas durante 3 días llenando jeringas, gota por gota, para que mi bebé tuviera todo el calostro que pudiera salirme.

Salí del hospital y dejé a mi niño ahí… ha sido lo más doloroso que me ha pasado en la vida, llegar sin mi bebé a casa y con los brazos vacíos, me dolió mucho. De hecho aún me duele, me atormenta el recuerdo de mi bebé en una incubadora, solo, entendiendo eso como “llegar a este mundo”, sin los brazos de mamá, rodeado de enfermeras y cobijado por una caja de plástico, atado a miles de cables e interrumpido por cientos de luces y sonidos. La esperanza, el amor y la fe me mantuvieron de pie, el apoyo de mi esposo que hasta hoy ha sido incondicional, fue pieza clave para seguir adelante.

Una amiga me regaló un sacaleches para un solo seno y poco a poco fuimos aumentando la cantidad de leche que llevábamos a mi bebé, tuvimos que buscar opciones para extraer más leche en menos tiempo, mi bebé ya tenía que tomar formula pues mis extracciones no alcanzaban la cantidad de leche suficiente para su requerimiento cada tres horas. Una prima me regaló un extractor doble para ver si con eso podría acelerar la producción de leche. Con los días, tuvimos que comprar uno con un motor más potente porque dejó de funcionar y después de comprar “el mejor y más caro” en el mercado (se descompuso -dos veces- y lo terminamos regresando -las mismas dos veces-), por fin, compramos uno que hasta la fecha ha funcionado bastante (si quieres saber cuál, pregúntame en privado y con mucho gusto te cuento cuál). Mi esposo, me fabricó un brasier para que pudiera sostener las copas sin usar mis manos y así, poco a poco fuimos aumentando la cantidad de leche materna que llevábamos las dos veces al día que estaba permitido ir a visitar nuestro bebé.

 Yo pasé sentada en una silla de la cocina extrayéndome leche, durante 20 minutos cada tres horas las 24 horas del día por los 47 días que mi niño estuvo internado en la UCIN y nunca le pude llevar más de 3 onzas por extracción entre los dos senos. Hubo asesoras de lactancia que me recomendaron extracciones de 15 minutos cada hora por 24 horas, y por varios días lo hice. Escribirlo ahora ha sido facilísimo, vivirlo fue un infierno. Un infierno que ahora deseo haber disfrutado más. 

Para entonces, mi bebé ya tomaba más onzas de lo que yo podía llevarle de leche materna y me dolía muchísimo. Las expectativas rotas duelen más que la realidad misma.

¿Cómo era posible que mi cuerpo no funcionara como debería? Me sentía la peor de las madres por no cubrir el requerimiento de alimentación de mi bebé. Poco a poco me fui haciendo a la idea de que no podría tener una lactancia exclusiva (por el momento).

Llegó el día tan esperado: pudimos sacar de la incubadora a mi niñito lindo para abrazarlo y con ello intentar que succionara mi pecho fue un día mágico, nunca olvidaré la primera vez que se prendió a mi pecho, sentí una mini succión que me dejó tal sensación tan indescriptible y que por siempre llevaré en mi alma.

Después, aconteció que mis pezones “no tenían la forma adecuada” y que se tendrían que formar con la succión del bebé (que para entonces, era muy débil), así mismo, mis senos son muy flácidos pues pasé por una pérdida de más de 50 kilos por una cirugía bariátrica, lo que se supondría que a mi bebé le costaría mucho trabajo lograr un buen prendimiento que derivara en una lactancia exitosa. Debo decir que mis pezones jamás tomaron "la forma adecuada". 

 Mi héroe salió del hospital y entonces lo tuve conmigo, pasé noches enteras extrayéndome leche mientras él dormía, dándole pecho cuando despertaba con hambre y complementando con formula hasta que se volvía a dormir, un ciclo que parecía que no tendría fin, días y noches enteras sin dormir, literal, sin dormir vigilando el sueño y el hambre de mi bebé. 

Hablé con él sobre la importancia de que aprendiera a succionar y lo bien que la íbamos a pasar juntos y trabajábamos muchísimo para lograrlo. ¡Me entendió! Hizo su trabajo de la mejor manera posible, es mi campeón y estoy orgullosísima de ser su mamá.

 Me empeñé a amamantar a mi hijo hasta los seis meses, esa era mi meta que jamás pensé que lograría porque parecía un imposible.

Mi niño está por cumplir un año con tres meses y seguimos en el camino con lactancia mixta y alimentación complementaria; paso horas con él, deteniendo mis senos para que pueda succionar de manera correcta, con una mano lo sostengo a él y con la otra me sostengo a mí misma mientras lo observo. Escucho que muchas mamás cuentan que ven su celular, ven series, leen un libro, hacen cosas mientras están con sus bebés, yo no puedo, necesito ambas manos y no moverme para lograr el objetivo, así que durante horas, paso contemplando a mi bebé (no quiero que se acabe nunca).

 Estoy aquí para contar esto porque a pesar de haber tenido un bebé prematuro, no tener el pezón con la forma idónea, no tener los pechos super firmes para que el bebé se prenda correctamente, aun cuando hubo una asesora de lactancia que me dijo que no podría por los tres motivos que expuse, con todo y todo, mi bebé sigue buscando el cobijo y el amor que solo el pecho y la leche de su mamá le pueden dar. Y así será hasta que él decida lo contrario.

La maternidad es el proceso más solitario que he vivido, por muchos grupos de apoyo que busqué y encontré, nunca obtuve lo que yo necesitaba, ¿y saben por qué? Porque la solución siempre está en el tiempo y el bebé. Nadie habla a grito abierto de los conflictos que conlleva tener un bebé, incluso me siento culpable de sentirme agotada, fastidiada y a veces con ganas de desaparecer porque pienso, ¡mi abuela tuvo 10 hijos y nunca se quejó! ¿Cómo es posible que yo con uno me sienta así?¡No seas debil! Me escucho diciéndome a menudo. Pero luego, veo a mi hijo y a mi esposo, y dejo de lastimarme, observo que tengo la bendición más grande del planeta: una familia sana, y todo vuelve a cobrar sentido. El amor propio y la fuerza regresan a mí una y otra vez.

Difícil, sí... Pero valdrá la pena y la alegría. 

Si yo pude, tú también puedes.

 Muchas gracias, hijo mío por entenderme y sumarte a esta bella manera de estar juntos.

Muchas gracias, amor mío, por ser el mejor de los esposos y apoyarme en cada una de las decisiones tomadas. 

Los amo con todo el amor que este instante me permite.

-Cristina  Corona-

sábado, 7 de agosto de 2021

Semana 30: ¡Bienvenido, Javier!

 A mi amado Javier.

Eran las 5:59 am del 03 de septiembre cuando me despertó un chorro de agua que salió de mí sin saber de dónde venía. Di un salto de la cama y al revisarme, vi que había mucha agua en donde no había razón para que la hubiera, corrí al baño y al cerciorarme que algo estaba mal, desperté a tu papá con un grito: ¡¡¡¡Jonathan, me está saliendo mucha agua!!!! Él también saltó de la cama como si tuviera un resorte y me dijo: ¡Márcale al doctor! Y así fue.

Un día antes, por la tarde, enviamos un vídeo a nuestros amigos y familiares para invitarlos a que nos acompañaran vía zoom a nuestro enlace matrimonial, tu papá y yo nos casaríamos por el civil el 4 de septiembre a las 2 pm y por la pandemia la ceremonia tendría que ser de manera virtual porque el registro civil solo permitía el acceso a novios y testigos con el fin de mantener la sana distancia, pero al parecer, tú querías estar presente en nuestra boda. Para ti las cosas virtuales no van.

Así que siendo las 6:09 am le hice la primera llamada al doctor, quien dijo que esperara unos minutos para descartar cualquier cosa y que le avisara qué pasaba, a la media hora le volví a marcar para decirle que no dejaba de salirme agua cada que me movía y le describí el aroma y la textura del liquido. Al escuchar mi descripción, el doctor me hizo un cuestionario que derivó en: nos vemos en tal hospital, vete para allá inmediatamente, ya mismo aviso que llegarás para que te atiendan. Entonces tu papá y yo, corrimos, sin llevar nada, casi casi en pijama con la prisa y la adrenalina que un susto de ese tamaño nos pueden provocar.

Al llegar al hospital, novatotes, no teníamos idea de qué hacer, tu papá detuvo el auto en la recepción y al bajar los vidrios salió la persona de seguridad a acercarse para escuchar lo que íbamos a decir: ¡¿DÓNDE ESTÁ URGENCIAS?! ¡SE ME REVENTÓ LA FUENTE! El guardia abrió los ojotes y a toda prisa nos indicó el camino al área de urgencias. Llegamos a la zona y como se ve en la tele, estaban en la puerta un equipo de enfermeros listos para actuar (me sentí en Greys Anatomy), les dije ¡Se me reventó la fuente y tengo 30 semanas de embarazo! Inmediatamente trajeron una silla de ruedas y en menos de un minuto yo ya estaba en una camilla con una enfermera ayudándome a quitarme la ropa y poniéndome una bata de hospital. Mientras eso ocurría, yo lloraba sin consuelo, estaba muy asustada por ti, mi niño, aunque sentía cómo te movías, no sabia si era porque te estabas asfixiando o si era un movimiento de rutina, como los de cada mañana. Nunca tuve tanta angustia en mi vida, amor mío, jamás tuve tanto miedo de perder a alguien en mi vida entera. La enfermera, me dijo cosas que aun no logro recordar, pero sé que me llenaron de fe, y me dieron fuerzas para creer que todo saldría bien y que terminaría conociéndote muy pronto. ¡Estaba por conocer el amor verdadero! Y yo no lo sabía.

Mientras lloraba sin consuelo, tu papá estaba llenando todo el papeleo que pedía el hospital, él también estaba muy asustado y con mucho miedo de perdernos a los dos, lo veía en sus ojos, sin duda tienes un padre que nos ama más que a nada en este mundo y hacía todo por que yo estuviera tranquila y con la confianza de que todo saldría bien. Pensé en todos los pendientes que dejaría si me metían a cirugía y se me vino a la mente ¡la boda!, así que hice un mensajito avisando que por razones ultra fuerza mayor tendríamos que cancelar el matrimonio.

Durante esa mañana, me hicieron varios estudios, de sangre, valoraciones abdominales y un eco, todo ahí en mi cuarto, acostada en mi cama y acompañada de tu papá y tu abuela Alma quien también estaba preocupada por nosotros. Al rededor de las 12 pm, llegó el doctor Luis, y dijo lo que ya veíamos venir: “Cristina, tú bebé ya no tiene liquido y cuando un bebé ya no tiene liquido está más seguro afuera que adentro”, por su rostro y el tono de sus palabras, entendí que ibas a nacer en un par de horas y que el panorama no era muy alentador pues solo tenías 30 de las 40 semanas de gestación para que un bebé esté a término.

A las dos treinta de la tarde, entraron los camilleros por mí a la habitación para llevarme al quirófano y allá vamos, tú papá y yo muriendo de miedo y al mismo tiempo con fe y sin saber lo que nos deparaba el destino. Tu papá, siempre me hizo fuerte, a pesar de que hubo momentos en donde yo esperaba lo peor, Jonathan siempre se mantuvo con la esperanza y la fe suficientes para trasmitirme que tanto tú como yo estaríamos bien, insisto, Javier... no pudo haber un mejor padre para ti. Sacaron a tu papá del quirófano mientras me preparaban, el doctor Luis (ginecólogo) me presentó a los demás doctores, incluyendo a tu flamante doctora Ana. Cuando la preparación para la cirugía terminó, dejaron entrar a tu papá quien se sentó por detrás de mi cabeza acompañándome y a la expectativa de lo que estaría ocurriendo. No pasó mucho tiempo después de todo eso cuando le dijo el doctor: “si quieres grabar vídeo, vente, ya va a nacer”.

Tu papá se levantó de su asiento, presuroso a captar el momento de tu llegada al mundo, mientras yo solo sentía como manipulaban mi abdomen. De un momento a otro, el doctor Luis dijo: “viene de pompis, eh” y segundos después, escuché tu llanto Javier, el llanto más bello y más alentador que haya escuchado jamás, la victoria más grata que he tenido en mi vida, el logro más sublime y la mejor de todas las melodías. Estabas llorando, Javier, a tus 30 semanas de gestación; y llorabas con la fuerza del huracán que llevas por alma, mi cielo, desde ese instante lo noté. Podría reconocer tu llanto entre miles de llantos, ninguno suena como el tuyo, sabría que eres tú a la primera, desde las 15:44 que naciste y lloraste por primera vez, me quedó grabado tu timbre para toda la vida.

Cuando naciste, de inmediato tu pediatra, Ana, te tomó y comenzó a hacer lo que le corresponde contigo, te hizo muchos estudios, te puso aparatos para monitorear tu corazón y tus pulmones y un gorrito azul con rosita en tu cabeza para proteger tu temperatura, mientras que tu papá lo grababa todo con la emoción de un padre que estaba dando la bienvenida al mundo a su primer hijo. Te pusieron en una incubadora que empujaron hasta mi lado antes de llevarte a terapia neonatal. Cuando te pusieron a un lado mío, te di la bienvenida, te dije que aquí estaba tu mamá que todo estaría bien y que te amo, y al escucharme, ¡abriste los ojos! Esa fue la confirmación de que todo estaría bien, de que estabas ahí y que sabías que tu mamá estaba contigo. Y entonces, desde la camilla del quirófano, yo ahí tendida con las viseras por fuera, vi como te alejaban de mí; eso dolió más que lo que me hicieron en el cuerpo, mi amor. Y sigue doliendo mucho más que la herida en mi abdomen y que todo lo que me ha dolido en mi vida entera.

Mi recuperación de la anestesia fue rapidísima, en no más de una hora después de tu nacimiento, ya estaba en mi habitación con tu papá y tu abuela Alma esperándome. Tu papá ya te había dejado instalado en tu incubadora en la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales) así que solo estaba esperando recibirme. Pasé toda la tarde, la noche y la mañana en espera de la indicación del médico para poder levantarme de la cama e ir a visitarte, mientras que tu papá iba a verte en cada horario permitido (12 y 6:30 pm). Al día siguiente, viernes 4 de septiembre, por fin, me dijo la enfermera que el doctor ya había dado autorización para que me levantara de la cama, si y solo si, no me mareaba ni me dolía nada. ¿Y qué crees? Me levanté y milagrosamente ni me mareé ni me dolió absolutamente nada, así que de inmediato fuimos tu papá y yo a verte; ese día, a las 12:07 pm, toqué tu piel por primera vez y entonces sentí con mis manos al valiente guerrero que llevé dentro de mí por 30 semanas, te vi con mis ojos y te percibí con el alma entera, mi amor... sentí amor verdadero, incondicional, absoluto, infinito y eterno, para siempre, por primera vez en mi vida. Pasaron los minutos permitidos en la visita y tuvimos que irnos, se me rompió el corazón al dejarte ahí en esa cajita de plástico, solo, sin mis brazos, sin poderte arropar, con el oxigeno de una máquina y con el cobijo de un calefactor y dependiendo totalmente del resguardo y cuidado de una enfermera. Y ahí estaba yo, sin más remedio que hacerme a la idea y buscar consuelo en la creencia de que estabas en las mejores manos, en el mejor hospital y con los mejores médicos y enfermeras.

Ese día llegó por la tarde al hospital una asesora de lactancia, que me enseñó cómo estimularme para que saliera el tan preciado calostro que te ayudaría a mejorar muy rápido; y aprendimos muy bien a hacerlo, tu papá pasó horas completas conmigo, absorbiendo gota por gota cada que lograba extraer alguna, duramos una hora para lograr el primer mililitro que con mucha felicidad te mandamos el viernes 4 de septiembre al rededor de las 11 de la noche. Y así lo estuvimos haciendo cada tres horas, como lo sugirió la asesora.

Me dieron de alta el 5 de septiembre alrededor de las 2 pm, acomodamos todas las cosas, tu papá subió las flores que nos enviaron para darte la bienvenida al coche y revisó que no olvidáramos nada, hizo los tramites administrativos que estaban pendientes y cuando todo estuvo listo, comenzamos el camino a casa. Cuando salimos de la habitación y nos subimos al elevador, conocí el dolor, dejarte en el hospital y salir de ahí sin ti en los brazos fue desolador, de más está decir que lloré todo el camino a casa, mientras tu papá encontraba las palabras para darme consuelo. Llegamos a casa y entré a la recamara, reviví el momento en que me di cuenta que llegarías a este mundo ese día, y de repente entender que ya no estabas dentro de mí, que estabas solo en un hospital sin saber qué te deparaba el destino y que estábamos en casa, sin ti, es por mucho lo más difícil y doloroso que he vivido en mi vida entera. Habría dado todo por cambiar la situación, por evitarte el sufrimiento y que todo hubiera sido distinto para tu inicio en este mundo. Tuve mucho miedo de perderte, me era muy difícil ser optimista cuando la situación era incierta. La familia y los amigos preguntaban por ti y yo no sabia qué decirles, ni siquiera nosotros sabíamos qué pasaría contigo.

Los días fueron pasando y tú fuiste mejorando significativamente, tu papá y yo trabajamos muy duro para extraer la leche materna que aceleraría tu recuperación, eso de la lactancia es todo menos fácil, mi amor. La lactancia es tan bonita y gratificante como solitaria y oscura. Llegando a casa, dejamos de lado la extracción manual para pasar a un extractor eléctrico y entonces la producción mejoró significativamente y comenzamos a organizarnos tu papá y yo en las actividades de la casa, mi tarea (hasta hoy 16 de sept) es alimentarme, dormir, tomar agua, sacarme leche e ir a visitarte, mientras que la tarea de tu papá es todo lo demás (insisto que tienes al mejor papá del mundo y yo al mejor esposo del planeta), sí, esposo... nos casamos, hijo. El lunes 7 de septiembre fuimos a preguntar al registro civil para cuándo podrían reagendarnos la boda y la licenciada nos dijo: “si quieren, les hago el acta ahorita, la revisan y a la 1 pm se vienen a firmarla con los testigos” y pues sí quisimos y nuestros testigos (tu abuela Alma y tu tío Chepe) también quisieron. Así que con la ropa y las fachas que nos salimos ese día que solo íbamos a preguntar, tu papá con una playera negra percudida y yo sin maquillaje y con el cabello como Dios me dio a entender, unimos nuestras vidas en matrimonio, el 7 de septiembre de 2020 a las 13:30 la juez nos declaró marido y mujer. Yo me sentí tan feliz como si hubiéramos tenido la gran boda, lo importante es que ya eramos oficialmente la familia Esquivel Corona, nos amamos y estamos listos para recibirte. Ni te cuento sobre nuestra noche de bodas, la pasé extrayendo leche con el único objetivo de lograr tu pronta recuperación; la promesa de los beneficios de la leche materna, es muy alentadora, así que ese es mi único objetivo por el momento. En un inicio tomabas 6.5 ml cada tres horas y al día de hoy tomas 26 ml cada tres horas, así que ya imaginarás cuánto trabajo tengo por hacer para lograr mi objetivo de alrededor de 200 ml de leche por cada 24 horas. Cuando alcanzo una meta, la pediatra nos dice que ya te aumentó la dosis, así que entro en estrés y sufro al ver que no puedo alcanzar la meta tras varias extracciones durante el día, la noche y la madrugada, pero sigo trabajando, sigo haciendo lo que me corresponde y cada día veo que mejora un poco la producción. Esto se trata de amor, calma y paciencia. Amor tengo de sobra, pero paciencia y calma tengo muy poca, qué más quisiera yo que lograr mi único objetivo y que no te den otra cosa que no sea mi leche. Poco a poco, tu papá siempre encuentra cómo darme ánimos y calma.

El 10 de septiembre fue una juez a registrarte al hospital y con la firma de nuestros testigos estrella (tu abuela Alma y tu tío Chepe), eres oficialmente un ciudadano tapatío llamado Javier Antonio Esquivel Corona. Y también fuimos a darte de alta al seguro social, ya sabes cómo es tu mamá con eso de que todos los trámites deben estar al día.

Hoy el panorama pinta maravilloso contigo, al parecer los esfuerzos que hemos hecho por alimentarte con el oro blanco, están rindiendo frutos, ya quedaron atrás las malas noticias, como cuando nos dijeron que una arteria de tu corazón no había cerrado y que si no respondías al tratamiento habría que hacerte una cirugía o cuando nos dijeron que presentabas un sangrado en tu cabeza, hoy mi amor, todo son buenas noticias cada que la doctora Ana nos llama. Tu arteria ya cerró y tu cabeza y pulmones están al 100 a tan solo dos semanas de nacido, hoy solo queda que ganes peso. La doctora nos llama todos los días para darnos el reporte de cómo estás, y el reporte de hoy fue: mañana llévense una camisa y blusa de botones al frente, para que la puedan desabrochar y hacer terapia de canguro, ¡te vamos a poder cargar, mi cielo! No puedo esperar a ese momento, estamos ansiosos y felices por lo que va a ocurrir mañana 17 de septiembre, nuestro regalo.

Javier, eres un hombre muy valiente, estás luchando como los grandes por tu recuperación, por tu vida, es un milagro desde que lloraste a todo pulmón al salir de mi útero y todo contigo han sido luchas ganadas, victorias que tu papá y yo compartimos con mucha felicidad. Te estamos esperando hijo, cada vez que vamos a visitarte te vemos mejor y tenemos fe y esperanza de que pronto puedas estar con nosotros, de que pronto dejes ese hospital y sea parte de la historia de tu nacimiento para empezar tu historia de vida con nosotros en casa, con tu familia que muere por conocerte. Te admiro tanto hijo, tienes 13 días de nacido y yo estoy muy orgullosa de ser tu mamá, de tener un hijo tan valiente y luchador, eres un guerrero y un niño que a leguas se nota tiene muchas ganas de vivir.

Tu papá Jonathan Esquivel y yo te estamos esperando con todo el amor que se puede sentir, mi cielo.

Te ama, tu mamá.

16 septiembre de 2020.

27 semanas de vida.

 Mi amado Javier.

Ya llegamos a las 27 semanas por conteo y a tus 25 semanas de existencia, lo que en tiempo “normal” serían 7 meses de gestación. El médico dice que tu fecha tentativa de nacimiento es el 8 de noviembre, podrían ser 2 semanas antes o 2 semanas después, ya veremos qué decisión tomas, nomás por favor no nazcas el 31 de octubre, ni el 01 o el 02 se noviembre, aunque si así lo decides, pues qué le vamos a hacer, será la primera de tus decisiones que yo acepte y respete como madre (porque no me quedará de otra).

Te quiero contar que estar embarazada es todo menos fácil, aunque no me quejo porque la verdad físicamente he estado de maravilla, una que otra nausea de vez en cuando, mucho sueño todo el tiempo y muchas idas al baño, pero de ahí en más, todo ha sido muy bueno, para mi cuerpo físicamente ha sido muy sencillo procrear una vida (hasta ahora, no sé qué más nos espera). Tienes una mamá con el cuerpo más bello y perfecto del mundo, Javier, aunque a veces piense o sienta lo contrario. Sin embargo, para mi mente, ha sido un poco más complejo, algo pasa de repente que todo se torna turbio y malo y unos segundos después de sentir que te mueves dentro de mí, todo se vuelve mágico y maravilloso, sin duda tú le das balance y equilibrio a todo lo malo que ocurre en el mundo; ya te conté en una de mis notas anteriores, que estamos viviendo una pandemia por un virus llamado Covid-19 para el cual aún no hay cura, hemos estado encerrados desde marzo de este año, en mi caso han sido 155 días de encierro en los cuales solo he salido para trasladarme de la CDMX a GDL -como extraño los viajes en carretera- y algunas salidas al doctor o a hacer compras de despensa, no he visto a mis amigos ni al resto de la familia, no hemos podido reunirnos más allá de una videoconferencia o una invitación a comer o desayunar en donde solo puede haber las personas que permitirán que exista sana distancia dentro de la casa, hemos perdido el contacto humano, situación que no me gustaría que exista cuando nazcas, convivir con los que amamos es lo mejor y lo único importante que tenemos en la vida, Javier, ojalá la vida nos dé la oportunidad de enseñarte esto desde que naces.

Por lo tanto, mi niño, entre las hormonas y el encierro, la vida de repente se vuelve compleja a pesar de tenerlo todo. Pero todo se arregla también cuando pienso en que tu abuela Alma está al pie del cañón, nos alimenta todos los días, mañana, tarde y noche, hemos estado a su asilo todos esos días de encierro y se ha portado con nosotros como una excelente anfitriona, la mejor del planeta, no tengo palabras para agradecerle todo lo que hace por nosotros, incluyendo a la Dayra a quien pasea y alimenta con una puntualidad que ni los ingleses alcanzan.

Dentro de este año caótico estamos construyendo tu vida, mi amor, tu papá está por llegar para comenzar una aventura a nuestro lado, hace un par de semanas que me pidió matrimonio y me dio un anillo hermoso que no dejo de ver brillar bajo la luz del sol o de la luz artificial del celular por las noches, pronto nos casaremos y comenzaremos la experiencia de formar la familia y el hogar en el que habitarás, contamos los días para que eso suceda y está muy muy cerca la fecha. Ya quiero que conozcas al hombre que tienes por padre, muero por verlos juntos y derretirme de amor al saber que eres resultado del amor que nos une y la mezcla de ambos, sin duda mi amor serás un niño muy amado, tu papá desde ya te quiere con todo su ser y lo demuestra todos los días aguantando a tu mamá y sus cambios hormonales. Tu padre es un verdadero y paciente campeón, hijo. Todos los días pregunta por ti, hemos estado separados por la pandemia y aunque nos hemos visto un par de veces por varios días, la mayoría del tiempo hemos estado en ciudades distintas, pero hablamos todos los días y algunas veces habla muy seriamente contigo, tal vez cuando nazcas conozcas perfecto su voz porque siempre lo pongo en altavoz para que te acostumbres a él, y como dije, esto terminará y pronto estaremos juntos, eso nos motiva a olvidarnos de la tragedia que ocurre en el mundo y enfocarnos en lo que estamos viviendo: formando una nueva familia.

Me la paso viendo vídeos, documentales, webinars, en vivos de instagram para obtener información sobre lo que implica tu llegada, estoy aprendiendo lo más que puedo sobre la lactancia materna que dicen que no es nadita sencilla, Dios me ayude a hacerlo bien y que pronto nos acoplemos los tres a esta nueva vida. Pronto tu papá y yo tomaremos un curso psicoprofiláctico prenatal en donde nos darán más información sobre lo que tenemos que hacer contigo, porque la verdad ¡no tenemos idea, Javier!

Lo que sí sabemos, mi niño, es que te amamos y que tienes a unos padres que se aman y te aman por sobre todas las cosas y que harán todo porque nunca te falte nada, llegaste a nuestras vidas cuando estábamos listos para recibirte y para comenzar un proyecto de vida en familia y dispuestos a enfrentar lo que venga, juntos, los tres.

No has nacido Javier y ya te agradezco las enseñanzas que estás dejando en mí, te debo la manera en que veo hermosa la vida a pesar de la crisis mundial que ocurre allá afuera, porque aquí dentro de mí, se está gestando el amor, la esperanza, la paz y el anhelo de ser lo mejor que puedo ser para ti, mi amor.

Te ama, tu mamá.

12 agosto 2020

22 semanas de vida.

 Querido Javier:

Hace ya 22 semanas que te llevo conmigo -según los conteos médicos-, aunque la verdad han de ser alrededor de 20 semanas que vas conmigo a cualquier parte. No imaginas siquiera lo que ha pasado por mi mente estas semanas, soy un mar de emociones, todos los días amanezco con un miedo nuevo (por increíble que parezca), siempre hay algo que temer cuando se trata de lo más importante que tendremos tu papá y yo en nuestra vida.

Primero tenía miedo de haber tomado algo indebido mientras no sabía que existías, aunque no fue mucho tiempo, pues supimos que vendrías cuando tenías cinco semanas de gestación, me parecía inquietante no acordarme si tomé lácteos no pasteurizados, comí ostiones, quesos, huevo crudo o algo que pudiera haberte dañado estando tan chiquito; ya que pasó ese susto, comencé con el miedo a perderte porque me decían que en ese periodo de tiempo podría haber abortos espontáneos y pues estuve sin subir escaleras o hacer ejercicio por varias semanas, una vez que pasó eso, comenzó el temor a que no fueras un bebé sano, no me dejaba dormir la idea de que algo pudiera estar mal contigo, por mi culpa, por culpa del entorno, de las circunstancias o por cualquier cosa, pensar que algo pudiera salir mal contigo me quitaba hasta el aliento, enseguida de eso, pasó el episodio en donde nos sacamos un susto y mi mente se fue a lugares que nunca había visitado y que me llevaban a sentimientos nada agradables de miedo, impotencia e incertidumbre, y como todo, eso también pasó porque gracias a la tecnología del siglo XXI pudimos ver que tienes cinco dedos en cada mano, cinco dedos en cada pie y que todos tus órganos y parámetros de crecimiento están dentro del promedio de un niño sano y que incluso yo estoy dentro de los parámetros de una madre sana, eso fue un alivio, mi amor... Saberte sano, Javier, de repente hizo que nada más me importara, por un par de días.

A finales de la semana 17, comencé a sentir tus movimientos de manera muy sutil y cada semana que va pasando te siento cada vez más, con más fuerza, más énfasis y en periodos menos prologados de tiempo, ¡estás creciendo muy rápido! y ¿qué crees? con eso nació un miedo nuevo: vas a tener que salir por algún lado de mi cuerpo alguno de estos días, que esperemos sea hasta el mes de noviembre, según lo previsto. ¡¿Qué vamos a hacer cuando llegue ese momento?! ¿Podré soportar tanto dolor? ¿Y si me muero? ¿Y si algo no sale bien? ¿Tendremos al mejor equipo médico del mundo por si algo se complica? ¿Podremos hacer esto tu papá y yo solos? Me muero de miedo, Javier... de no poder hacer esto y dañarte de alguna manera. La incertidumbre es nuestra fiel compañera, qué daría yo por la certeza de que todo saldrá bien, a veces la fe no me alcanza para creerlo y estar tranquila.

Además de que siempre hay algo que temer, he conocido a mis peores enemigas: las hormonas. Ya había oído hablar de ellas, se supondría que durante el resto del tiempo ya debí haberlas conocido, pero la verdad la habíamos llevado bastante bien, nunca me jugaron una mala pasada, eramos amigas, convivíamos de la mejor manera, que aunque a veces se metían con mis sentimientos, no lograban llegar hasta mis pensamientos. Ahora sí, te puedo contar que para una mujer embarazada las hormonas pueden ser la gloria o el infierno, así como lo lees, la gloria o el infierno, porque al menos en lo que a mí respecta (no sé si a las demás mamás embarazadas les pase), me hacen sentir y sobre pensar todo a la máxima potencia, todo es maravilloso o todo es desastroso, no hay medias tintas. Pobre de tu papá que tiene que lidiar con esto todos los días. Ninguna mamá me ha advertido de esto cuando les digo que estoy esperando tu llegada, todas me hablan de las maravillas de tener un hijo, me dicen que disfrute mi embarazo, que es la mejor etapa de mi vida y que será lo mejor que me va a pasar en la vida, ¿en serio? Puedo casi jurar que justo así me voy a sentir en el segundo exacto en el que te tengamos entre nuestros brazos, en el instante que tú papá y yo te escuchemos llorar por primera vez, segura estoy que al verte por primera vez olvidaré todo este torbellino de emociones, sentimientos y pensamientos por el que paso todos los días, es un baño de ministerio público (ya te contaré esa historia) o un campo lleno de flores.

Sea como sea, hijo mío, mi desde siempre amado Javier, te espero con ansias, en los episodios cuando todo es maravilloso, realmente lo es, imagino la vida que tendremos juntos como familia y no puedo esperar a que llegue ese momento, tendrás a los padres más amorosos, dispuestos y entregados a ti que pudieron tocarte. Llegas a nuestra vida cuando ambos estamos listos para emprender un camino dedicado a ti y a nuestra relación, a nuestra familia. Amo sentirte cada mañana, cada tarde, cada noche, es espectacular sentir que un ser que es mitad el hombre que amo y mitad yo, habita dentro de mí y que me lo recuerdes a diario con tus movimientos, me llena de amor, de ganas de vivir, de fuerzas para seguir adelante a pesar de las circunstancias que estamos viviendo por la pandemia por Covid-19.

Javier, eres nuestro motor para seguir adelante, nuestra fuerza para impulsarnos a ser mejores cada día como pareja, como humanos y como padres; y todo eso, sin siquiera conocerte. No puedo esperar a saber de lo que seremos capaces contigo en nuestras vidas.

Te amo, tu mamá.

05 de julio de 2020