sábado, 7 de agosto de 2021

Semana 30: ¡Bienvenido, Javier!

 A mi amado Javier.

Eran las 5:59 am del 03 de septiembre cuando me despertó un chorro de agua que salió de mí sin saber de dónde venía. Di un salto de la cama y al revisarme, vi que había mucha agua en donde no había razón para que la hubiera, corrí al baño y al cerciorarme que algo estaba mal, desperté a tu papá con un grito: ¡¡¡¡Jonathan, me está saliendo mucha agua!!!! Él también saltó de la cama como si tuviera un resorte y me dijo: ¡Márcale al doctor! Y así fue.

Un día antes, por la tarde, enviamos un vídeo a nuestros amigos y familiares para invitarlos a que nos acompañaran vía zoom a nuestro enlace matrimonial, tu papá y yo nos casaríamos por el civil el 4 de septiembre a las 2 pm y por la pandemia la ceremonia tendría que ser de manera virtual porque el registro civil solo permitía el acceso a novios y testigos con el fin de mantener la sana distancia, pero al parecer, tú querías estar presente en nuestra boda. Para ti las cosas virtuales no van.

Así que siendo las 6:09 am le hice la primera llamada al doctor, quien dijo que esperara unos minutos para descartar cualquier cosa y que le avisara qué pasaba, a la media hora le volví a marcar para decirle que no dejaba de salirme agua cada que me movía y le describí el aroma y la textura del liquido. Al escuchar mi descripción, el doctor me hizo un cuestionario que derivó en: nos vemos en tal hospital, vete para allá inmediatamente, ya mismo aviso que llegarás para que te atiendan. Entonces tu papá y yo, corrimos, sin llevar nada, casi casi en pijama con la prisa y la adrenalina que un susto de ese tamaño nos pueden provocar.

Al llegar al hospital, novatotes, no teníamos idea de qué hacer, tu papá detuvo el auto en la recepción y al bajar los vidrios salió la persona de seguridad a acercarse para escuchar lo que íbamos a decir: ¡¿DÓNDE ESTÁ URGENCIAS?! ¡SE ME REVENTÓ LA FUENTE! El guardia abrió los ojotes y a toda prisa nos indicó el camino al área de urgencias. Llegamos a la zona y como se ve en la tele, estaban en la puerta un equipo de enfermeros listos para actuar (me sentí en Greys Anatomy), les dije ¡Se me reventó la fuente y tengo 30 semanas de embarazo! Inmediatamente trajeron una silla de ruedas y en menos de un minuto yo ya estaba en una camilla con una enfermera ayudándome a quitarme la ropa y poniéndome una bata de hospital. Mientras eso ocurría, yo lloraba sin consuelo, estaba muy asustada por ti, mi niño, aunque sentía cómo te movías, no sabia si era porque te estabas asfixiando o si era un movimiento de rutina, como los de cada mañana. Nunca tuve tanta angustia en mi vida, amor mío, jamás tuve tanto miedo de perder a alguien en mi vida entera. La enfermera, me dijo cosas que aun no logro recordar, pero sé que me llenaron de fe, y me dieron fuerzas para creer que todo saldría bien y que terminaría conociéndote muy pronto. ¡Estaba por conocer el amor verdadero! Y yo no lo sabía.

Mientras lloraba sin consuelo, tu papá estaba llenando todo el papeleo que pedía el hospital, él también estaba muy asustado y con mucho miedo de perdernos a los dos, lo veía en sus ojos, sin duda tienes un padre que nos ama más que a nada en este mundo y hacía todo por que yo estuviera tranquila y con la confianza de que todo saldría bien. Pensé en todos los pendientes que dejaría si me metían a cirugía y se me vino a la mente ¡la boda!, así que hice un mensajito avisando que por razones ultra fuerza mayor tendríamos que cancelar el matrimonio.

Durante esa mañana, me hicieron varios estudios, de sangre, valoraciones abdominales y un eco, todo ahí en mi cuarto, acostada en mi cama y acompañada de tu papá y tu abuela Alma quien también estaba preocupada por nosotros. Al rededor de las 12 pm, llegó el doctor Luis, y dijo lo que ya veíamos venir: “Cristina, tú bebé ya no tiene liquido y cuando un bebé ya no tiene liquido está más seguro afuera que adentro”, por su rostro y el tono de sus palabras, entendí que ibas a nacer en un par de horas y que el panorama no era muy alentador pues solo tenías 30 de las 40 semanas de gestación para que un bebé esté a término.

A las dos treinta de la tarde, entraron los camilleros por mí a la habitación para llevarme al quirófano y allá vamos, tú papá y yo muriendo de miedo y al mismo tiempo con fe y sin saber lo que nos deparaba el destino. Tu papá, siempre me hizo fuerte, a pesar de que hubo momentos en donde yo esperaba lo peor, Jonathan siempre se mantuvo con la esperanza y la fe suficientes para trasmitirme que tanto tú como yo estaríamos bien, insisto, Javier... no pudo haber un mejor padre para ti. Sacaron a tu papá del quirófano mientras me preparaban, el doctor Luis (ginecólogo) me presentó a los demás doctores, incluyendo a tu flamante doctora Ana. Cuando la preparación para la cirugía terminó, dejaron entrar a tu papá quien se sentó por detrás de mi cabeza acompañándome y a la expectativa de lo que estaría ocurriendo. No pasó mucho tiempo después de todo eso cuando le dijo el doctor: “si quieres grabar vídeo, vente, ya va a nacer”.

Tu papá se levantó de su asiento, presuroso a captar el momento de tu llegada al mundo, mientras yo solo sentía como manipulaban mi abdomen. De un momento a otro, el doctor Luis dijo: “viene de pompis, eh” y segundos después, escuché tu llanto Javier, el llanto más bello y más alentador que haya escuchado jamás, la victoria más grata que he tenido en mi vida, el logro más sublime y la mejor de todas las melodías. Estabas llorando, Javier, a tus 30 semanas de gestación; y llorabas con la fuerza del huracán que llevas por alma, mi cielo, desde ese instante lo noté. Podría reconocer tu llanto entre miles de llantos, ninguno suena como el tuyo, sabría que eres tú a la primera, desde las 15:44 que naciste y lloraste por primera vez, me quedó grabado tu timbre para toda la vida.

Cuando naciste, de inmediato tu pediatra, Ana, te tomó y comenzó a hacer lo que le corresponde contigo, te hizo muchos estudios, te puso aparatos para monitorear tu corazón y tus pulmones y un gorrito azul con rosita en tu cabeza para proteger tu temperatura, mientras que tu papá lo grababa todo con la emoción de un padre que estaba dando la bienvenida al mundo a su primer hijo. Te pusieron en una incubadora que empujaron hasta mi lado antes de llevarte a terapia neonatal. Cuando te pusieron a un lado mío, te di la bienvenida, te dije que aquí estaba tu mamá que todo estaría bien y que te amo, y al escucharme, ¡abriste los ojos! Esa fue la confirmación de que todo estaría bien, de que estabas ahí y que sabías que tu mamá estaba contigo. Y entonces, desde la camilla del quirófano, yo ahí tendida con las viseras por fuera, vi como te alejaban de mí; eso dolió más que lo que me hicieron en el cuerpo, mi amor. Y sigue doliendo mucho más que la herida en mi abdomen y que todo lo que me ha dolido en mi vida entera.

Mi recuperación de la anestesia fue rapidísima, en no más de una hora después de tu nacimiento, ya estaba en mi habitación con tu papá y tu abuela Alma esperándome. Tu papá ya te había dejado instalado en tu incubadora en la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales) así que solo estaba esperando recibirme. Pasé toda la tarde, la noche y la mañana en espera de la indicación del médico para poder levantarme de la cama e ir a visitarte, mientras que tu papá iba a verte en cada horario permitido (12 y 6:30 pm). Al día siguiente, viernes 4 de septiembre, por fin, me dijo la enfermera que el doctor ya había dado autorización para que me levantara de la cama, si y solo si, no me mareaba ni me dolía nada. ¿Y qué crees? Me levanté y milagrosamente ni me mareé ni me dolió absolutamente nada, así que de inmediato fuimos tu papá y yo a verte; ese día, a las 12:07 pm, toqué tu piel por primera vez y entonces sentí con mis manos al valiente guerrero que llevé dentro de mí por 30 semanas, te vi con mis ojos y te percibí con el alma entera, mi amor... sentí amor verdadero, incondicional, absoluto, infinito y eterno, para siempre, por primera vez en mi vida. Pasaron los minutos permitidos en la visita y tuvimos que irnos, se me rompió el corazón al dejarte ahí en esa cajita de plástico, solo, sin mis brazos, sin poderte arropar, con el oxigeno de una máquina y con el cobijo de un calefactor y dependiendo totalmente del resguardo y cuidado de una enfermera. Y ahí estaba yo, sin más remedio que hacerme a la idea y buscar consuelo en la creencia de que estabas en las mejores manos, en el mejor hospital y con los mejores médicos y enfermeras.

Ese día llegó por la tarde al hospital una asesora de lactancia, que me enseñó cómo estimularme para que saliera el tan preciado calostro que te ayudaría a mejorar muy rápido; y aprendimos muy bien a hacerlo, tu papá pasó horas completas conmigo, absorbiendo gota por gota cada que lograba extraer alguna, duramos una hora para lograr el primer mililitro que con mucha felicidad te mandamos el viernes 4 de septiembre al rededor de las 11 de la noche. Y así lo estuvimos haciendo cada tres horas, como lo sugirió la asesora.

Me dieron de alta el 5 de septiembre alrededor de las 2 pm, acomodamos todas las cosas, tu papá subió las flores que nos enviaron para darte la bienvenida al coche y revisó que no olvidáramos nada, hizo los tramites administrativos que estaban pendientes y cuando todo estuvo listo, comenzamos el camino a casa. Cuando salimos de la habitación y nos subimos al elevador, conocí el dolor, dejarte en el hospital y salir de ahí sin ti en los brazos fue desolador, de más está decir que lloré todo el camino a casa, mientras tu papá encontraba las palabras para darme consuelo. Llegamos a casa y entré a la recamara, reviví el momento en que me di cuenta que llegarías a este mundo ese día, y de repente entender que ya no estabas dentro de mí, que estabas solo en un hospital sin saber qué te deparaba el destino y que estábamos en casa, sin ti, es por mucho lo más difícil y doloroso que he vivido en mi vida entera. Habría dado todo por cambiar la situación, por evitarte el sufrimiento y que todo hubiera sido distinto para tu inicio en este mundo. Tuve mucho miedo de perderte, me era muy difícil ser optimista cuando la situación era incierta. La familia y los amigos preguntaban por ti y yo no sabia qué decirles, ni siquiera nosotros sabíamos qué pasaría contigo.

Los días fueron pasando y tú fuiste mejorando significativamente, tu papá y yo trabajamos muy duro para extraer la leche materna que aceleraría tu recuperación, eso de la lactancia es todo menos fácil, mi amor. La lactancia es tan bonita y gratificante como solitaria y oscura. Llegando a casa, dejamos de lado la extracción manual para pasar a un extractor eléctrico y entonces la producción mejoró significativamente y comenzamos a organizarnos tu papá y yo en las actividades de la casa, mi tarea (hasta hoy 16 de sept) es alimentarme, dormir, tomar agua, sacarme leche e ir a visitarte, mientras que la tarea de tu papá es todo lo demás (insisto que tienes al mejor papá del mundo y yo al mejor esposo del planeta), sí, esposo... nos casamos, hijo. El lunes 7 de septiembre fuimos a preguntar al registro civil para cuándo podrían reagendarnos la boda y la licenciada nos dijo: “si quieren, les hago el acta ahorita, la revisan y a la 1 pm se vienen a firmarla con los testigos” y pues sí quisimos y nuestros testigos (tu abuela Alma y tu tío Chepe) también quisieron. Así que con la ropa y las fachas que nos salimos ese día que solo íbamos a preguntar, tu papá con una playera negra percudida y yo sin maquillaje y con el cabello como Dios me dio a entender, unimos nuestras vidas en matrimonio, el 7 de septiembre de 2020 a las 13:30 la juez nos declaró marido y mujer. Yo me sentí tan feliz como si hubiéramos tenido la gran boda, lo importante es que ya eramos oficialmente la familia Esquivel Corona, nos amamos y estamos listos para recibirte. Ni te cuento sobre nuestra noche de bodas, la pasé extrayendo leche con el único objetivo de lograr tu pronta recuperación; la promesa de los beneficios de la leche materna, es muy alentadora, así que ese es mi único objetivo por el momento. En un inicio tomabas 6.5 ml cada tres horas y al día de hoy tomas 26 ml cada tres horas, así que ya imaginarás cuánto trabajo tengo por hacer para lograr mi objetivo de alrededor de 200 ml de leche por cada 24 horas. Cuando alcanzo una meta, la pediatra nos dice que ya te aumentó la dosis, así que entro en estrés y sufro al ver que no puedo alcanzar la meta tras varias extracciones durante el día, la noche y la madrugada, pero sigo trabajando, sigo haciendo lo que me corresponde y cada día veo que mejora un poco la producción. Esto se trata de amor, calma y paciencia. Amor tengo de sobra, pero paciencia y calma tengo muy poca, qué más quisiera yo que lograr mi único objetivo y que no te den otra cosa que no sea mi leche. Poco a poco, tu papá siempre encuentra cómo darme ánimos y calma.

El 10 de septiembre fue una juez a registrarte al hospital y con la firma de nuestros testigos estrella (tu abuela Alma y tu tío Chepe), eres oficialmente un ciudadano tapatío llamado Javier Antonio Esquivel Corona. Y también fuimos a darte de alta al seguro social, ya sabes cómo es tu mamá con eso de que todos los trámites deben estar al día.

Hoy el panorama pinta maravilloso contigo, al parecer los esfuerzos que hemos hecho por alimentarte con el oro blanco, están rindiendo frutos, ya quedaron atrás las malas noticias, como cuando nos dijeron que una arteria de tu corazón no había cerrado y que si no respondías al tratamiento habría que hacerte una cirugía o cuando nos dijeron que presentabas un sangrado en tu cabeza, hoy mi amor, todo son buenas noticias cada que la doctora Ana nos llama. Tu arteria ya cerró y tu cabeza y pulmones están al 100 a tan solo dos semanas de nacido, hoy solo queda que ganes peso. La doctora nos llama todos los días para darnos el reporte de cómo estás, y el reporte de hoy fue: mañana llévense una camisa y blusa de botones al frente, para que la puedan desabrochar y hacer terapia de canguro, ¡te vamos a poder cargar, mi cielo! No puedo esperar a ese momento, estamos ansiosos y felices por lo que va a ocurrir mañana 17 de septiembre, nuestro regalo.

Javier, eres un hombre muy valiente, estás luchando como los grandes por tu recuperación, por tu vida, es un milagro desde que lloraste a todo pulmón al salir de mi útero y todo contigo han sido luchas ganadas, victorias que tu papá y yo compartimos con mucha felicidad. Te estamos esperando hijo, cada vez que vamos a visitarte te vemos mejor y tenemos fe y esperanza de que pronto puedas estar con nosotros, de que pronto dejes ese hospital y sea parte de la historia de tu nacimiento para empezar tu historia de vida con nosotros en casa, con tu familia que muere por conocerte. Te admiro tanto hijo, tienes 13 días de nacido y yo estoy muy orgullosa de ser tu mamá, de tener un hijo tan valiente y luchador, eres un guerrero y un niño que a leguas se nota tiene muchas ganas de vivir.

Tu papá Jonathan Esquivel y yo te estamos esperando con todo el amor que se puede sentir, mi cielo.

Te ama, tu mamá.

16 septiembre de 2020.

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