“Tienes las manos muy trabajadas, no son como
las de una princesa”, me dijo al tomar mis manos justo antes de despedirse.
A partir de ese comentario fue que comencé a
pensar en cada una de las cosas que me decía, hasta que caí en cuenta que ese
hombre al que yo admiraba y quería tanto, no era el mismo que rondaba por mi cabeza
desde hace ya varios años, lo estaba idealizando, estaba aferrada a una recreación
de él en mi cabeza.
No puedo dejar de pensar en los abrazos que nos
dimos, las caricias, las miradas, su olor, mucho afecto entre nosotros, como
amigos, como un lazo inquebrantable, pero no como personas que pretenden
amarse con algo más que una amistad. No sé qué sienta él, por primera vez no me
interesa; yo me siento libre, completa, feliz con mis “manos trabajadas” y
listas para seguir forjando mi destino y cumpliendo mis sueños. Mis manos que
alguna vez estuvieron entre las suyas con la esperanza de ser amadas, hoy están
libres de sentimientos negativos, llenas de aceptación, perdón y confianza,
esas manos tan dignas de un ser humano que sepa su incalculable valor y que ya
no estarán nunca más a su alcance.
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