jueves, 23 de marzo de 2017

Después de un incendio.

Durante la vida, nos ocurren cosas que nos obligan a replantearlo todo. Esos momentos que jamás pensamos que podrían ocurrirnos a nosotros y que nos topamos frente a frente y sin poder escapar de ellos, situaciones que nos enseñan quiénes somos y de qué estamos hechos, momentos que nos obligan a sacar el carácter, a actuar sin detenernos, a resolver las situaciones pensando solo en el bien común.

 Poco hablo bien de mí, en realidad lo hago muy, muy poco, y no es por humildad, realmente me cuesta trabajo hacerlo, pero hoy, me lo gané, lo merezco y me reconozco. Estoy orgullosa de mi manera de resolver la vida, de que jamás se me cierra el mundo, de mi fortaleza y del espíritu que me mueve. Ese espíritu que tal vez es capaz de rendirse en muchas cosas, pero en las más importantes no, mi espíritu siempre lucha y está alerta cuando más lo necesitan, cuando yo más lo necesito. Y ya después, cuando todo es calma, salen esas lágrimas que lo alivian todo. Esto soy, una mujer capaz, que no solo piensa en sí misma, pienso en los demás, me importa la humanidad, me interesa el bien estar común. Eso es digno de admirarse en estos tiempos.

 Hoy salí de mi casa sin siquiera imaginar lo que pasaría, nunca pensé que estaría escribiendo un resumen de todas mis reflexiones motivadas por la serie de acontecimientos derivados de un incendio en el edificio en donde trabajo. Todo inició alrededor de las 13:30 horas con una alarma que nos indicaba evacuar el edificio. Los detalles no son importantes, todos estamos bien y felices de que las cosas hayan quedado en susto y algunos daños materiales; lo importante aquí, es que entendí muchas cosas sobre mí y sobre los demás, comprendí que cada persona reacciona de distintas maneras y que es el espíritu lo que nos mueve, unos tenemos un espíritu de lucha fuerte e incansable. Nuestras experiencias de vida van formando nuestro carácter y hoy, que me doy cuenta del mío, hoy que me enfrento a mí cara cara haciendo introspección, entiendo que nuestras circunstancias de vida, nuestra familia, nuestros amigos y todo lo que ocurre y ocurrió en nuestro entorno, nos forja el carácter, nos enseña a reaccionar. Admiro mi capacidad para encontrar el lado bueno de todo y tomar la mayoría de las cosas que me pasan con calma, aunque soy humana y reacciono como tal, tengo la capacidad de replantear todo muy rápido y actuar de la mejor manera posible.

 Hoy reflexioné sobre lo valioso de un te quiero y el oro que pesa un “yo también a ti”, entendí también que hay personas que no saben decirlo, a las que les cuesta expresar lo que sienten, y eso está bien, son condiciones de vida distintas a las mías, yo sí aprendí a gritar te quiero a quien debo y en el momento en el que lo deseo y eso también está bien. Nunca te vayas sin decir te quiero, lo aprendí hace varios años. Desde la última vez que me fui sin decir te quiero. Fue una gran lección.

 Esta noche tengo una oportunidad más, un momento para detenerme y agradecer a Dios que estoy viva, que no me falta nada y que todos los míos están bien y que a ellos tampoco les falta nada. Agradezco tenerme a mí y tener a la gente que tengo, contar con seres humanos que son mi soporte, mis pilares, gente que me entiende y me conoce, a la que puedo mirar a los ojos y ser honesta todo el tiempo. Gente que llevo en el alma y forman parte crucial en mi existencia. Gente, eso es lo único que importa. Lo demás, es pura cosa vana. - Cristina Corona -

No hay comentarios:

Publicar un comentario